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Juan Diaz Yarto

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¡Hay que negarse!

Juan Díaz Yarto



Atardecer en Manizales, Colombia.

Propongo que nos neguemos a aceptar que los gobernantes hagan lo que les plazca con nuestras ciudades sin entregarnos cuentas, que levanten plazas, redecoren calles, construyan centros comerciales, limiten los espacios coludidos con las "buenas familias".

Negarse a aceptar que invertir nuestro dinero en policía y en ejército sea lo mejor para nuestra protección, que los burócratas corruptos que contratan conformen el mejor equipo para gobernarnos y que permitir que los comerciantes y acaudalados tengan sus derechos de propiedad a salvo es lo pertinente para vivir mejor, mientras nosotros no tenemos ni un lugar para morirnos tranquilamente, pues se les ha ocurrido que un ataúd y en un espacio para enterrarnos es el pago que se llevará los inexistentes ahorros familiares. Debemos negarnos a que nuestra vida sea su negocio, a que nuestra muerte sea su ganancia.
Hay que negarse a aceptar que las normas para comportarse en los espacios laborales sean esas establecidas en los contratos, que más que un acuerdo en el que se comparten responsabilidades y obligaciones, son exigencias de buena conducta que nos dejan sin derecho a pensar ni a actuar desde nuestra conciencia, desconfían de nosotros, nos persiguen para que consumamos el tiempo que nos pagan moviéndonos como máquinas, nos vigilan por si se nos ocurre distraernos tomando café o mirando por la ventana. Esos contratos que nos colocan indefensos ante el voluntarismo de los patrones a cambio de nuestra subordinación por necesidad.
Debemos negarnos a aceptar que está bien que nos cobren por vivir en nuestras ciudades pagando impuestos por construir nuestra casa con nuestro dinero, por tener un automóvil que hemos comprado y pagado a un costo imposible.
Hay que negarse a aceptar que el gobierno nos mienta diciendo que atiende la pobreza cuando sabemos que esta aumenta y que la riqueza protegida también aumenta; no hay que aceptar que en las escuelas se desforme a nuestros niños con una educación que no les sirve para tener empleos dignos, ni para construirse un futuro como lo deseen.
No debemos aceptar que los gobiernos gasten increíbles sumas de dinero representándonos, que sus salarios alcancen niveles de arrogancia y desproporción con lo que gana un simple trabajador, uno cualquiera que cumple con su tarea pero que no ha sido elegido por una dudosa mayoría.
Hay que negarse a aceptar calladamente que los gobernantes tengan cubiertos los gastos, que son parte de su trabajo, con nuestro dinero cuando nuestro salario es un insulto a la dignidad.
Hay que negarse a aceptar que el gobierno y los poderosos, que son aliados, nos miren como sus enemigos y nos excluyan de sus decisiones.
No permitamos que se repartan los bienes y los recursos naturales de nuestro país solo porque ellos se han quedado con el dinero para explotarlos, solo porque nos califican como una mayoría analfabeta e irracional que no comprende sus esfuerzos por darnos bienestar. Negarse a aceptar que sin ellos el país se derrumbaría, cuando nosotros ya estamos en los escombros.
Hay que negarse a aceptar que nos califiquen como menores de edad, como empobrecida sociedad incapaz de saber lo que desea, como masa irracional capaz de sacarlos de su confort, como sujetos incapaces de respetar sus comodidades y su nivel de vida que se han ganado con esfuerzo. Negarse a entender sus argumentos pues el que entiende está condenado a callarse.
¿Quién dijo que entender es aceptar? ¿Cuándo nos convencieron que entender sus argumentos es estar de acuerdo y aceptarlos en silencio y sometidos? Nos han convencido de que entender es sinónimo de estupidez. ¡Pero eso es falso! Hay que negarse y negar que entendamos la desigualdad, la injusticia, la pobreza y el hambre porque las conocemos, están impuestas en nosotros, las habitamos.
Son ellos los que no entienden, ni pueden entendernos. Hay que negarse a aceptar su discurso complaciente y prometedor de un bienestar siempre por llegar.
Hay que negarse a aceptar sus promesas porque no tienen promesas que nos sirvan para cambiar las condiciones del sistema; negarse a aceptar que nuestra vida está condenada por la geografía y el origen familiar pues no les importan nuestras necesidades; negarse a aceptar que la civilidad es no gritar, no insubordinarse, no alterarse, no pedir más de lo que tienes, no pretender más de lo que te tocó en suerte, respetar la opulencia, la acumulación "inexplicable" y la explotación.
No aceptar que todo esté privatizado, que las ciudades y pueblos estén privatizados, que la propiedad privada es eso que nos han dicho y que cada vez deja menos espacio para la propiedad popular. Hay que negarse a aceptar que las playas son privadas, que las calles son privadas, que la vida cómoda y relajada es privada, que la calidad educativa es privada y que la medicina y los hospitales en los que te atienden como persona son privados.
Hay que negarse a entender, negarse a aceptar, negarse a comprender en nuestra contra, contra nosotros mismos y a favor de los poquísimos que mandan. Negarse a que los centros académicos que albergan a los científicos reconocidos sean los dueños de la verdad para gobernar, que ellos son los únicos capaces de decir lo que nos pasa y lo que debemos pensar y saber, de inducirnos a aceptar lo que nos tocó en la vida y el lugar social que nos corresponde. Negarse a que sean ellos los que nos explican la realidad y nos aplican la anestesia contra la insubordinación.
Hay que negar que somos retrasados mentales, que no sabemos lo que queremos hacer con nuestra vida, que la riqueza acumulada no nos corresponde, que debemos someternos a las reglas sociales establecidas, que esa religión cómplice es la única posible, que el pueblo aguanta todas las vejaciones y los abusos, que somos vulgares, prosaicos y malolientes.
Hay que negarse a ser la minoría desposeída cuando se es la mayoría con poder; negarse a ser invisibles cuando somos los que estamos todo el tiempo presentes; negarse a ser mudos sabiendo que nuestra voz hace la calle y los mercados, las fiestas y la comunidad, las plazas y los saberes, la cultura y la imaginación. Negarse a que nos marginen sacándonos de sus límites ordenados y controlables sabiendo que de este lado de la línea, está la verdad social, la fuerza creativa. Estamos los demás que somos mayoría.
Hay que negarse avalando la vida, nuestra vida. Negarse dando valor a lo que pensamos y deseamos, fortaleciendo nuestra manera de vivir, recuperando la fuerza social de nuestras tradiciones, cuidándolas para que no nos las arrebaten. Fortalezcamos nuestras consignas y no dejemos que caigan en sus manos, encontremos el espíritu de lucha por la igualdad y la democracia. Negarse con la pobreza como bandera, contra la exclusión y la desigualdad, con el sin nosotros nada como principio.
Hay que negarse pues otro mundo es posible y está en nuestras manos; negarse desde las barrancas malolientes, desde la pobreza inhumana e injusta, desde el analfabetismo, desde la desigualdad, desde el hartazgo, desde la mala educación y la incivilidad. Hay que negarse desde lo que somos, reconociendo la inteligencia e imaginación que somos, validando nuestra fuerza social.
Hay que negarse a los argumentos que nos explican una forma de mundo que no tiene explicación. Negarse a aceptar los discursos que nos prometen futuro cuando lo que necesitamos es presente. Hay que negarse a aceptar que la mejor manera de vivir es permanecer inmóvil y en silencio.

Patzcuaro, México, mayo de 2011

Docente e investigador mexicano
herrdiaz@hotmail.com








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