Horizontes Humanos


-???-

Ensayos de Luis Miguel Potau

Publicaciones > Horizontes desde España


LA DANZA (1910) – HENRI MATISSE




La sensación de conocimiento y el sentimiento que imbuía los inicios del siglo XX inspiraba a todos aquellos que estaban cambiando de nuevo la concepción del arte y el retorno a un primigenio saber humano. Aún se pudieron realizar cambios mayores pero las concepciones decimonónicas de los gobernantes, tanto políticas como las económicas y la fiebre que de Tiempos Modernos y construcción de Metropolis que reflejan tanto Charles Chaplin como Fritz Lang en su filmes de los años 20, impiden totalmente la posibilidad de que el mundo fuera un lugar más humano y natural, menos cuadriculado y más voluble, puede que hasta más femenino. La máquina nos ha inhumanizado, algo que no debía ser condición sine qua non pues la técnica siempre ha sido un signo identificativo desde la época del humano prehistórico.

Lo natural, lo más humano, la desnudez, los colores básicos, “el arte (parece decir Matisse) aún puede penetrar en las supremas verdades del ser en las infinitas armonías del universo
1” comenta Argan en su libro El Arte Moderno: del iluminismo a los movimientos contemporáneos, algo que nos refiere al mundo clásico y a esa búsqueda del origen del conocimiento desde las filosofías de fin de siglo. Es la forma de expresar esa actividad humana que inspirada por la música provoca el movimiento universal, la danza. Ya Friedrich Nietzsche piensa en titular su primer libro originariamente como El nacimiento de tragedia en el espíritu de la música, Die Geburt der Tragödie aus dem Geiste der Musik, refiriéndose a una actitud preclásica del mundo griego, incluso helenística, una música expresada en ese mundo heleno a través de sonidos atonales, o al menos eso se cree, sonidos aún no prostituidos por las ideas posteriores y cercanos a los orientales y busca el explayar la sensación más humana en músicas derivadas del ritmo latente del corazón del planeta, como lo será milenios después en sus comienzos el jazz, heredero de los ritmos africanos, o el rock and roll, del que Salvador Pániker comenta en su libro Aproximación al origen: “Eso sitúa el tema de la música popular, y muy especialmente del rock. Recuperar el ritmo equivale aproximarse al origen. Lo que ocurre es que esta aproximación ha de ser critica y no ingenua. Éste es el tema de nuestro tiempo2.”
El lienzo de Matisse es la danza mediterránea circular y básica que muestra un anterior y posterior al más puro clasicismo griego y su estética de belleza, expresando el arcaísmo en la danza y el helenismo en la voluptuosidad de las formas corporales en un todo circular y que expresa la no-dualidad humana refiriendo a nuestra propia diferencia en sexo femenino y masculino, casi imperceptible en la escena del cuadro. Es esa vuelta al origen, a ese conocimiento puro y natural manifestado a la vez en un uso de colores básicos y saturados y en la línea de los cuerpos. A su vez lleva toda la carga iconográfica del saber occidental y las referencias al arte del siglo XIX. Cezanne en la corporeidad, Gaughin en el color o Vincent Van Gogh, todo ello se encuentra en este lienzo mediterráneo y trágico. Ellos son los artistas, entre otros, que avanzan el arte decimonónico hacia un nuevo siglo marcado por la máquina, unas nuevas formas de plasmar colores, cuerpos, paisajes, genialidad y locura, todo ello manifestación de aquello tan humano y que junto a la evolución de las ideas filosóficas, estéticas, metafísicas y músicas abren la puerta a un siglo que en sus inicios demanda la humanidad de volver a su propio origen harto de guerras inútiles que destrozan generaciones enteras, el volver a la auténtica expresión trágica de la civilización occidental en este siglo XX, que muy a nuestro pesar, se ha vuelto a expresar en horror bélico de manera más explícita alejándonos de la sensación de lo humano que aún echamos de menos en nuestra contemporaneidad del XXI.
La tragedia permite a los griegos expresar su mundo, sus miedos, sus inquietudes, sus deseos, permite a los humanos de participar en la misma representación dramática que es la esencia de la vida misma. En la tragedia los papeles protagonistas, el coro y el público es rotativo entre los ciudadanos lo que representa que no es un puro divertimento o contemplación, todos participan de una manera u otra en la conjugación del mundo. Representar el mito es el sentimiento más cercano de aproximarse a la naturaleza y sus divinidades, héroes y al ser humanos en un círculo de
gaya ciencia, en resumidas cuentas es el mundo, su mundo. En la época clásica, y de manera rotunda en la época imperial romana, se dejará de participar de y en la tragedia, se limitará a la observación del desarrollo de una representación llegando a convertirse la producción y representación dramáticas en burdas farsas de Roma y las comedias de Plauto, casi exclusivamente, para deleite del pueblo. Es un olvido debido a la máxima platónica de que no podemos tener la idea de verdad, sólo su esencia, que vivimos en un mundo alejado de la auténtica razón y que venimos de una caverna, ahí Platón acierta si hubiese conocido las pinturas de las cuevas de Altamira realizadas por humanos, que sólo nos transmite sombras y que éstas son las que nos conceden la esencia de la idea. Platón acaba de relegarnos al periodo anterior a esas pinturas de Altamira, anterior a su vez a la expresión humana en utensilios, la técnica, techné llamaban los griegos al arte, y alejándonos del comienzo del signo del habla de las épocas prehistóricas, olvido que en conjunto nos acerca más al simio que no al primate homo sapiens. Platón nos acaba de expulsar de nuestra humanidad, de nuestra propia esencia. Es esa humanidad que la Eva del Génesis intenta salvar al coger la manzana del árbol prohibido de la sabiduría para ser capaces de ver como es de cierta la realidad, para introducirnos en nuestra propia naturaleza humana. Eva se enfrenta con su natural humanidad a Platón de forma directa. Pero se relega a la feminidad durante milenios a un segundo plano, mostrándonosla como la idea platónica y cavernícola del pecado por parte del mundo judeo-cristiano, de que es ella con su acción quien nos expulsa del paraíso, de ese paraíso ideal e inexistente, totalmente irreal en su base y fondo. Eva realiza el primer pecado, el original, nos expulsa del paraíso, ¿Pero seguro que existió nunca ese paraíso? ¿Fue pecado lo de Eva o no exculpaba? ¿Era “real” para el ser humano cuando fuimos únicamente primates aún sin la fisura cultural y se vivía de forma instintiva en las cavernas? El cristianismo en veinte siglos y una década del XXI trata todavía a la fémina como ese origen del pecado, de tener la culpa de que lo humanos no podamos más que participar de la idea de Dios, de la verdad y no gozar de su contemplación, cuando en realidad esa acción de comer la manzana nos refiere a la naturaleza propia de lo humano de la cultura, de la razón y de la máxima espiritualidad no divina sino natural, de la ciencia, fuera de un paraíso que nunca existió y lejano de la realidad universal y física del planeta Tierra, nos encierra de nuevo en la caverna pretérita anterior a la expresión cultural humana.
Volviendo al lienzo de Matisse, al danzar, en contraposición con la idea deconstructiva del cubismo y las ideas de velocidad y máquina del futurismo, Matisse expresa armonía y un todo entre pintura y una música que no oímos pero que intuimos en esa danza, ese todo que nos refiere a la
Poética de Aristóteles al expresar un significado tan complejo con la máxima simplicidad, algo que nos acerca a la búsqueda de nuestro propio origen. El círculo está manifiesto en todo la tela como base de la no-dualidad, un círculo en donde se expresa el ying yang occidental, si así se le puede llamar, la expresión de la fisura crítica y cultural al origen, como expresa Salvador Pániker en su libro Aproximación al origen, dentro de la circunferencia que da un sentido completo al todo. Es en esta imagen donde los cuerpos en movimiento y la curvatura del mundo tienen esa conexión circular con el universo, y a su vez el uso de colores saturados que implican la simplicidad nos remite a ese momento de la historia del arte donde la intención es de nuevo el volver a lo más humano, lo sencillo, lo primigenio, lo originario y ser parte misma del universo que nos conecta con el saber y que provoca, refiriéndome de nuevo a Salvador Pániker, la rescisión de la fisura con el conocimiento.

La sensación sobrenatural es algo sólo posible en la naturaleza e imposible de crearse fuera de nuestros límites planetarios, sean cuánticos o no, pues si hablamos de naturaleza se necesitan una serie de condicionantes para la existencia de la vida en este caldo de cultivo terrenal, en Gaya, algo que nos conecta al infinito, a ese infinito que siempre hemos expresado o buscado como humanos pues lo sentimos tan dentro, somos parte de esta piedra redonda que le hemos puesto el nombre de Tierra, una piedra del o de los universos. ¿Porqué, entonces, creemos poder sentir ese infinito al mirar una pared, por ejemplo? ¿Existe pues ese infinito que tantas veces se expresa en lienzos abstractos de Kandinsky? Es un cálculo que intentamos racional, como comenta Argan, y del cual, de nuevo Friedrich Nietzsche, apunta que al “ver la ciencia con la óptica del artista, y el arte, con la de la vida
3,” nos abre el camino para conectar con los tres cuerpos del cuadro danzante, el cielo, la tierra y lo humano. Y es que en multitud de ocasiones la belleza no se expresa en formas bellas en unos principios de siglo XX donde casi nadie entiende el Fauvismo, el Cubismo, el arte Arte Abstracto o el Expresionismo Alemán, quedando marginados y relegados casi a locuras de excéntricos. En fauv la saturación que se muestra casi real nos lleva a jugar con perspectivas de color que no fugan, una reminiscencia del genial Van Gogh. Debemos tener en cuenta que el arte de vanguardia era de unos pocos. El grupo alemán Die Brücke, el puente, buscaban el saber en la realidad mundanal, deformando a voluntad su pintura para expresar el espíritu de los tiempos que vivían, mientras el arte oficial en Europa se perdía en figurativismos idealizantes alejados de la verdad social, cultural y vital. Argan nos habla de la tensión que expresa la pintura, de lo monstruoso de la belleza, de que la belleza con un contrario no es universal, el mismo Nietzsche censura a Sócrates como el primer gran feo de la historia. ¿Qué belleza queremos? ¿Una belleza irreal dentro de lo humano o aquella que nos acerca a la realidad del siglo XXI?

Argan comenta sobre lo ultrasensible, lo ultraexcitado, los ultracolores, todo ello se encuentra presente en la naturaleza y forma parte del conocimiento global, y Matisse se aproxima al origen de este conocimiento humano en una danza que se muestra desnuda a la certeza natural en todo el lienzo. El color rojo es fundamental en el proceso de la vida expresando sensualidad y energía, resulta exultante y agresivo; mientras el verde es el color que retiene con mayor intensidad el ojo humano, el que más abunda en la naturaleza y más fácil entra e influye en los puntos vitales, según comenta el cantante granadino Carlos Cano sobre la copla
Ojos Verdes. Y el azul, ese azul absoluto del que habla Argan, planeta Tierra azul, espejo de azul, consecuencia de ser allí donde se mira la oscuridad de nuestro universo, el agua, la mar, en simbología la vida y la muerte. Todo ello expresa un conjunto místico cósmico englobado en el éxtasis trágico de lo físico humano en una danza mediterránea en equilibrio continuo llegando al clímax y con la tensión en su momento más álgido. A su vez muestra, reitero de forma fundamental, la casi imperceptible separación de los sexos en una rotllana que da forma al círculo, la figura geométrica infinita, provocando con la conexión al origen la dualidad de la no-dualidad en movimiento, la afirmación de un todo compacto universal. Heráclito lanza la máxima del todo fluye, nada es ”La unidad profunda de las tensiones y del universo es Logos (lenguaje, Ley, razón, Cálculo, identificado con Zeus y divinidad) que es a la vez método y objeto, producción y producto; Logos es el que habla4,” , en este caso el que danza.
Mas la historia cambia el pensamiento. La Gran Guerra de 1914 a 1918 destroza la posibilidad de evolución y superación de todo aquello que lleva una carga de intereses decimonónicos caducos y que comporta el horror de la muerte en Europa. La idea del superhombre nietzscheana es relegada y provoca que el año 1945 y tras la IIª Guerra Mundial la historia lo convierte en una especie de año cero donde el miedo a una guerra final de frío nuclear en el cual no quedaría casi nada, no habría posibilidad de vida, y que provocaría un alejamiento total a nuestro origen cognoscitivo y que en los albores y principios del siglo XXI nos hace expresar nuestra existencia, en general y no en absoluto, de forma frívola y superficial a pesar de todo intento más o menos mediático, globalizado e individual de retomar lo universal, incluso desde el punto de vista del pesimismo absoluto. En su
Ensayo de Autocrítica de El Nacimiento de la tragedia, Friedrich Nietzsche puntualiza sobre la época trágica del helenismo griego si “¿es el pesimismo, necesariamente, significado de declive, de ruina, de fracaso, de instintos fatigados y debilitados?5.” El pesimismo es el sentimiento que nos identifica como seres vivos, el que nos hace dudar y existir, un existir marcado por la misma física del planeta Tierra que nos hace mortales y a su vez creemos poder sentir el infinito, curiosa dualidad existencial. En el mundo occidental llevamos dos decenios en que se ha ensalzado lo más necio y bajo de lo humano basado en la idea del “estado del bienestar” sin tener ningún tipo de reparos en olvidar las humanidades, fomentando un hedonismo material ególatra como máximo exponente de nuestra contemporaneidad. ¿Y no fue La danza de Matisse síntoma de la voluntad de ser humanos y de retomar el conocimiento universal en su estado puro tras un siglo XIX lleno de horrores bélicos, romántico y pesimista? ¿Dónde ha quedado todo ello? ¿No es sino una muestra de nuestra expresión empática de la demandada cognoscitiva de alteridad? ¿Y no vivimos de nuevo a las puertas de una época de pesimismo helenista que pueda reflejar lo más bajo y a la vez sublime de la naturaleza humana? ¿Y no es el arte y la poesía donde mejor expresamos lo vil y lo bello? Tras décadas de riqueza y asentamiento económico dejando las hambrunas, pandemias, guerras y muerte a los lugares más desfavorecidos del planeta y de nuevo refiriendo a Friedrich Nietzsche en el Ensayo de autocrítica no hemos provocado en el mundo del siglo XXI en que vivimos “¿Una predilección intelectual por las cosas horrendas, malvadas, problemáticas de la existencia, predilección nacida de un bienestar, de una salud desbordante?6.” ¿A donde vamos? Hundido el mundo occidental en su propia miseria material, en su falsedad de belleza clásica faltada de verdad trágica y falsedad fomentada directamente por todos sus estamentos, este alejamiento de lo humano provoca la ignorancia global de las posibles soluciones. Nos hemos individualizado y aún sabiendo los caminos a tomar nadie es tan temerario para conseguir que nos pongamos de acuerdo.

Por ello, una fisura ante el conocimiento tal provocada en el siglo XX de lo que incluso va más allá de todo aquello cultural nos aboque a plantear qué queremos y hacia donde nos encaminamos en el planeta Tierra. La plasmación del infinito en el cuadro de Matisse nos acerca a la verdad racional e irracional, lo natural y humano, y es que ¡así somos!, a ese infinito que todas las culturas han representado con o sin iconografías de alguna manera, mostrando a su vez tener los pies en la tierra.
Carl Sagan afirma que somos polvo estelar, incluso la Biblia nos lo recuerda “polvo eres y en polvo te convertirás”, formados del barro de nuestra nave estelar, el planeta Tierra, una piedra con la que viajamos por el espacio y en la que nuestra propia condición nos da el conocimiento que nace de nuestro interior y que debemos culturalmente modelar hacia nuestra propia alteridad, la empatía y el altruismo, que nos permite convivir con nuestra especie dentro de esta burbuja de vida que provoca la atmósfera donde podemos realizarnos como humanos en equilibrio con Gaya. Marguerite Yourcenar nos recuerda que "En el capítulo titulado
El abismo, cuando él se encuentra al borde de lo in formulado y de lo inefable, las palabras y hasta los conceptos callan; los estados de conciencia son traducidos por las metáforas del lenguaje alquímico, en el que flotan todos los mitos recurrentes de la humanidad7". El arte expresa nuestra alteridad y el alejarse del todo que identifica nuestra especie, la ciencia y el arte como máximos exponentes, nos convierte en huraños y solitarios. La soledad no nos hace libres ni humanos en el mundo actual, todo lo contrario, nos esclaviza. Por ello la danza circular de Matisse nos devuelve a esa sensación de ser humanos, demasiado humanos.




1. Argan, Giulio Carlo,
El Arte moderno : del iluminismo a los movimientos contemporáneos. Ed. Akal, Madrid, 1998.

2. Pániker, Salvador. Aproximación al origen. Barcelona, Editorial Kairós, 2001.
3. Nietzsche, Friedrich.
El nacimiento de la tragedia. Alianza Editorial. Madrid, 1988.
4. VVAA, Pollán, Tomás .
Historia de la filosofía. Curso de Orientación Universitaria. Barcelona, Noguer Editorial, 1980.
5. Nietzsche, Friedrich.
El nacimiento de la tragedia. Alianza Editorial. Madrid, 1988.
6. Nietzsche, Friedrich.
El nacimiento de la tragedia. Alianza Editorial. Madrid, 1988.
7. Yourcenar, Marguerite. El tiempo, gran escultor. Alfaguara Literaturas, Madrid, 1989

Luis Miguel Potau. Tarragona, España.
luismiguel.potau@urv.cat








Página de inicio | Simposios: memorias | Intereses explorativos | Convocatorias | Historia | Publicaciones | Foros de Ética | Rincón del poeta | Revista Horizontes Humanos | Páginas de interés y videos | Contáctenos | -???-


-???- | -???-

comprar y vendar